Redes

domingo, 20 de agosto de 2017

Bartolomé Esteban Murillo y los niños de la calle

Mucho se habla del realismo del siglo XIX, pero pocos se acuerdan de las pinturas de Bartolomé Esteban Murillo, que retrataron mucho antes esa niñez desamparada y miserable.

Tal vez el Murillo más conocido por el público sea el de las Inmaculadas, pero hay otro Murillo, el de los niños de la calle, el de los pilluelos harapientos y piojosos que se reparten un melón robado, juegan a los dados o comparten almuerzo en aquella Sevilla que se hundía en la miseria, abrumada por los impuestos y la pujante rivalidad de Cádiz, tras la peste de 1649.


Las imágenes contenidas en estas obras son el equivalente de esas otras imágenes, sacadas del fotoperiodismo contemporáneo, con las que somos asaltados en alguna plácida sobremesa, y que retratan a los niños harapientos y famélicos del llamado tercermundo, que bien pudiera estar también oculto en algunas de nuestras calles. Aquellas imágenes todavía hoy nos interpelan, a pesar de su lejanía.

Frente al mundo de pilluelos representado por Murillo, estaba la vida en la España de Felipe IV y Carlos II; una España en la que el pensamiento estaba dominado por el poder asfixiante de la Iglesia y, fuera del círculo de la Corte, no se hacía más arte que el religioso. Velázquez tuvo la oportunidad de instalarse en ella y su genio maduró espléndido. Los demás pintores y escultores, empero, no tenían más clientela que las instituciones eclesiásticas, ni más temas que los que dictaban los clérigos, era como dar vueltas alrededor de una noria.


 

Niño espulgándose, 1645-50



En Sevilla, no obstante, había una vida intelectual más rica debido a la afluencia de gentes de otras latitudes y otras culturas, banqueros y negociantes atraídos por el comercio de Indias, que, aunque tímidamente, introducen un soplo inesperado en aquel ambiente tan espeso. En 1660 llegó a Sevilla Nicolás Omazur, miembro de una próspera familia de pañeros flamencos, que pronto se convirtió en cliente y mecenas del maestro sevillano. Tuvo así la oportunidad el pintor de escapar a la dictadura clerical y pintar otros temas y asuntos, los cuadros de género con motivos tomados de la calle, al modo como hacían los pintores flamencos o italianos, cuya obra sin duda conocía a través de estampas.


 
Niños jugando a los dados, 1665-75


El interés por los niños es recurrente en su obra y pronto pasa de la anécdota secundaria a ocupar el centro del cuadro, en línea con la evolución del sentimiento católico del Barroco, como atestiguan el Buen Pastor o los Niños de la Concha. En el Niño espulgándose, sin embargo, encontramos el primer tratamiento profano del tema. Se trata todavía de un cuadro de luces crudas, al estilo de Zurbarán, que desprende una sensación de tristeza y abandono.


 
Niños comiendo melón, 1650


Más adelante el maestro suaviza esta manera con luces tamizadas por un cielo nuboso, pincelada más amplia y fluida, que le permite un esfumado ensoñador, y gestos de una alegría vital que contrasta con los harapos que visten los niños, lo que lleva a algún crítico a afirmar que son cuadros absurdamente poéticos. Hay no obstante varias justificaciones para ello:
Una es la reacción de los artistas sevillanos contra el hambre, el dolor y la muerte con una dignidad humana y resignación cristiana que les hiciera soportar el horror, tal la distancia entre Juan de Mesa y Pedro Roldán, por ejemplo. Otra es el destino de estos cuadros en los salones de una burguesía acomodada, que sin duda vería con desagrado que la realidad más sórdida invadiera su hogar cuestionándole su papel social. Finalmente debemos considerar la trayectoria personal del maestro, al filo ya o superada la cincuentena, con una vida familiar «poco feliz y de progresiva soledad», y más proclive por tanto a la complacencia emotiva y sentimental que a la denuncia combativa.


La serie está constituida por cuadros de mediano formato y composición diagonal, de luz sesgada que produce un estimulante juego de sombras y reflejos, donde un paisaje de ruinas se pierde en una neblina difusa. En uno de los ángulos del primer término suele aparecer un bodegón de frutas, muy al estilo barroco, que ya de por sí vale todo un cuadro. Los niños, plenamente integrados y adaptados a su situación, muestran actitudes alegres y desenfadas, mientras comen, juegan o negocian, como un triunfo de la vida sobre el dolor. Con ellos Murillo adelanta unas soluciones formales y expresivas sin precedentes en Europa, que anuncian los modos felices y espontáneos, coloristas y soñadores, del rococó.
Estos cuadros, pintados para esa clientela burguesa a que hemos aludido, viajan luego a Londres, Amberes o Rotterdam, donde prestigian tanto a su autor que se le cita junto a Tiziano o Van Dyck, y servirán de modelo a Gainsborough, Reynols y Constable. Cabe destacar entre ellos el de la Muchacha con flores, una niña casi adolescente, cuya sonrisa sensual y confiada puede rivalizar con la misteriosa y distante de la Gioconda. O el de las Vendedoras de frutas que cuentan las monedas y muestran al descuido su mercancía de uvas y membrillos, un magnífico bodegón de resonancias flamencas. O el de los Niños comiendo pastel, de un sentido del ritmo absolutamente clásicos y una vivacidad que sólo los impresionistas podrán superar.



Los nuevos surrealistas del siglo XXI

Obra de Rene Magritte

El surrealismo como corriente estilística cumplió 100 años. Ya no están sus originales y grandes exponentes, quienes dieron vida a uno de los movimientos artístico más populares del siglo XX, pero su estilo -tan atrayente para el público en general- ha perdurado y encontrado nuevas formas de expresión.

Por Rubén Reveco - Licenciado en artes plásticas


El surrealismo es un movimiento artístico y literario que surgió en Francia después de la Primera Guerra Mundial y que se inspira en las teorías psicoanalíticas para intentar reflejar el funcionamiento del subconsciente, dejando de lado cualquier tipo de control racional.
El término surrealismo fue acuñado por Guillaume Apollinaire en 1917, cuando lo utilizó en el marco del programa que escribió para el musical “Parade”. Con el correr de los años, la noción experimentó diversos cambios y alteraciones.
Muchos han sido los artistas que se han convertido en auténticos referentes del surrealismo a lo largo de la historia.
Salvador Dalí, Rene Magritte, Max Ernst, Man Ray, Meret Oppenheim, Paul Delvaux, Giorgio de Chirico, Yves Tanguy o Andre Masson son artistas fundamentales a la hora de entender este movimiento artístico que se hizo extensible no sólo a la pintura sino también a otros campos. De esta manera, hay que subrayar que al cine llegó de manos de ilustres directores que marcaron un antes y un después en la historia de aquel.
En concreto, merece la pena destacar a insignes personajes como al español Luis Buñuel que, precisamente junto a Dalí, creó una película que se ha convertido en una producción de culto. Nos estamos refiriendo a “El perro andaluz” (1928).
En la literatura, por su parte, hay que subrayar a Pierre Naville o André Breton. Y mientras en las artes plásticas en general también se apostó de manera contundente por el surrealismo gracias a la influencia que pintores, escultores, cineastas y literatos estaban ejerciendo en todos los ámbitos de la vida.
En los nuevos artistas del siglo XXI no es fácil distinguir entre realismo mágico, fantástico, simbólico o surrealismo, propiamente tal. Aun así hemos realizado esta selección que iremos incrementando según investiguemos un poco más.


10 nuevos exponentes

1) Michael Parkes

Michael Parkes es uno de esos artistas que tiene la versatilidad de ofrecer en cada obra una historia irrepetible. Pero no sólo la historia es única, sino que es contada de un modo diferente.
Son obras que salen de un mismo pincel pero -por composición, protagonismo y argumento- nunca se repiten. (Fuente)

"Unicornio oscuro"






2) Jeff Faust


Existen dos preguntas muy importantes que se deben hacer todos los que pretendan dedicarse al arte: ¿Qué hago y cómo lo hago? Esto último determina el éxito de la propuesta.
El “qué hago” tiene que ver preferentemente con la temática a representar; qué es lo que lo motiva. Y el “cómo lo hago” es la impronta que le otorga el artista a los elementos que elige para representar. En qué escenario los hace actuar.
En definitiva, qué palabras elige para construir su discurso. Cosa muy evidente y clara en la obra de Jeff Fausto.
El paisaje de las cosas simples y mínimas parece ser el propósito de la pintura de este estadounidense.
Aunque el diga que “nunca sé cuando me enfrento a un lienzo lo que voy a encontrar”. Yo creo –y viendo el conjunto de su obra- que Fausto sabe muy bien lo que desea y con lo que se va a encontrar. (Fuente)







3) Max Sauco

Este blog es de pintura, ilustración y cómic. No es un blog de fotografía. Pero como siempre puede haber una excepción, hoy le presento al fotógrafo más pictórico que he conocido. De hecho, empezó siendo pintor, pero cierta incompatibilidad con los materiales propios de las artes plásticas le impidió continuar y se dedicó a la fotografía digital.
Hablo del ruso Max Sauco. Conocí sus obras hace unos años gracias a la publicación de “Uno de los nuestros”, quien en ese entonces expresó: “Sus composiciones son atrevidas y con una importante carga visual. Imágenes surrealistas y oníricas llenas de simbolismo, con el cuerpo humano, sobre todo femenino como protagonista”. (Fuente)








4) Michael Whelan


Este un artista de dilatada trayectoria en el mundo de la ilustración fantástica y de ciencia ficción. Sin embargo, casi nunca he visto un nivel de producción tan condicionado al tema a representar. Si es fantasía, me gusta y si es ciencia ficción, no tanto. ¿Y cuál es la diferencia? ¿o acaso la ciencia ficción no es fantástica o viceversa? Puede ser, pero en el arte de la ilustración el ser un artista del género fantástico no siempre está condicionado a mundos extraterrestres de naves espaciales. La “fantasía” es más que nada de tipo terrícola y tiene que ver con alguna leyenda o mito histórico. (Fuente)







5) Mihai Criste

Mihai Criste, de origen rumano, nació en 1975, estudió en la Escuela Superior de Música y de Artes Plásticas "Segismundo Toduta" y en la Academia de Artes Plásticas "Ioan Andreescu”. 
A pesar de la influencia que destilan sus obras y que le acercan a los grandes como Dalí y Magritte, Mihai Criste (Rumanía 1975) nos deja unas imágenes en óleo sobre lienzo de esas que muchas nos veces nos gusta evocar por sus significados metafóricos que exploran el subconsciente y provocan sensaciones dispares. Tal vez algo visto pero no exento de cierta belleza, una implícita sencillez que nos devuelve a los buenos momentos de sueños oníricos y fábulas mágicas. (Fuente)









6) Raffaello Ossola

Este es un pintor suizo que utiliza acrílicos para crear universos extraños y fantásticos en los que los paisajes se funden con los paisajes marinos y los árboles brotan de las grietas de la arquitectura geométrica. 








7) Jurger Geier


Jürgen Geier nació en Bietigheim-Bissingen, Australia del Sur. Comenzó a pintar temas marítimos desde su juventud. 

Después de muchos años trabajando se trasladó al norte de Alemania en el año 2000 donde se estableció como artista.

 






8) John Jude Palencar



John Jude Palencar (nació en 1957 en Fairview Park, Ohio ) es un artista que le atrae la fantasía, la ciencia ficción y el terror. Ha ilustrado a más de 100 portadas de libros. Se graduó en el Colegio Colón de Arte y Diseño en 1980.
Palencar es uno de esos artistas que se maneja con fluidez entre la ilustración y la pintura. Mezcla una técnica meticulosa de los viejos maestros con moderada imaginación, por momentos realista, por momentos fantasioso o surrealista. Hay toques de el Bosco y Da Vinci en sus alegorías visuales de paisajes y personajes condenados al inframundo. (Fuente)









9) Jimmy Lawlor



Jimmy Lawlor nació en diciembre de 1967 en Wexford, Irlanda. Las primeras expresiones fueron como ilustrador de varias publicaciones y recién en 1990 se dedica por entero a la pintura, aunque cada tanto aparece su firma en algún anuncio publicitario o ilustrando una revista o portada de libros.
El trabajo de Lawlor se inspira en su entorno pastoral o campestre representando escenas familiares de la Irlanda rural: las personas, pueblos, paisajes y animales, pero con un pequeño giro humorístico muy típico del pueblo irlandés.








10) Rob Gonsalves


El estilo en el que algunos catalogarían las obras del pintor canadiense Rob Gonsalves podría ser el surrealismo pero quizá, si no es muy arriesgado el termino "realismo mágico" lo definiría mejor. Las pinturas de Gonsalves son siempre la unión de dos metáforas que conviven en medio de objetos que le dan paso a otros. Es como si el artista quisiera decirnos que en el mundo todo está conectado.







FIN DE LA PRIMERA PARTE